Celia en la revolución.

Si no suelo reseñar libros es porque sé que no es lo mío. No se me da bien, no tengo el don de sintetizar, resumir lo leído sin spoiler de por medio. No nací para eso y punto.

Pero hoy hago una excepción.

Una excepción porque desde que tengo memoria, soy una lectora voraz.

Aunque empecé a leer con soltura algo más tarde que los demás, desde que en 1 de primaria mi madre me presentó los libros de Los Cinco, no me he dejado de leer ni un solo instante.

Leo compulsivamente, normalmente 2 libros a la vez. En físico o digital, de biblioteca, propio, de segunda mano o prestado.

Leo antes de dormir, paseando al perro o en el peor momento. (En los descansos de selectividad atacaba Rayuela)

Leo y marcó las hojas con recortes de periódicos o etiquetas, en mi casa se desesperan por que olvido los libros sobre los radiadores o a los pies del sofá.

Pero yo sigo.

Recuerdo que entre los libros que en un momento fueron de mi madre, había uno titulado Celia, lo que dice. Me gustaron y los devoré. También recuerdo viajar a Burgos viendo la serie que otra grande, Carmen Martín Gaite, adaptó en los 90 para RTVE.

Y es que hoy os quiero hablar de un libro de Celia.

Sí, de esa niña rubia, resabida cuyas aventuras imaginó Elena Fortún y entre las que coló un mensaje feminista y reivindicativo para la época.

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Celia en la revolución es tal vez, el menos leído de la saga. Aunque se escribió durante la guerra, no vio la luz hasta los años 80. El manuscrito lo había guardado la nuera de la escritora y gracias editorial Aguilar, creo recordar, se publicó una tirada que pese a desaparecer de todos los sitios, no se reeditó.

Hace 3 años, más o menos, Renacimiento decidió reeditar la obra y gracias a ellos, he podido sentir a Celia más cerca que nunca.

Celia, esa niña de 7 año ha crecido y cuando empieza la Guerra Civil tiene 15 años. Página a página, Elena Fortún nos retrata una guerra cruel, que mata sin más. Una guerra que supuso la hambruna, las colas en las tiendas, las recetas de pieles de patata frita. La desesperación de no saber que hacer, la iniciativa de los Albergues de niños. El fin de la vida conocida.

Verdaderamente la guerra nos ha descubierto nuevos elementos. ¿Quien hubiera sospechado antes de ahora que el sabor de la bencina no era desagradable, y que la piel de las patatas era exquisita friéndola con cebolla.png

Pero Elena también habla de la grandeza humana, de la gente que ayuda por bondad.

“Verdaderamente la guerra nos ha descubierto nuevos elementos.  ¿Quien hubiera sospechado antes de ahora que el sabor de la bencina no era desagradable, y que la piel de las patatas era exquisita friéndola con cebolla. y que las hojas de las violetas constituían una exquisita verdura?”

Es un libro realista, ni cruel ni optimista. Es una visión coetánea de la guerra, de los bombardeos y de la huida. Unas memorias sobre lo que era dejar de ser niña.

“Anochece. Voy con María Luisa por la calle de Fortuny y una congoja me hace vacilar… Me siento en el encintado de la acera y lloro, lloro a gritos… Lloro por Jorge, por mi abuelo, y tía Julia y Gerardo… y mis hermanitas, pobres como las ratas, y mi padre desterrado, y por mí… ya tan desdichada… ¡Lloro porque hemos perdido la guerra!Ya es noche cerrada y sigo llorando. La calle se ilumina algo con los faros de un auto que pasa. Hace frío y todo es sucio, feo y sórdido…”

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